Al menos 832 muertos, entierros masivos para evitar epidemias y la certeza de que las víctimas se contarán por miles son las sensaciones que predominan a dos días del terremoto de 7,5 grados Richter, seguido de tsunami, que golpeó la costa occidental de Indonesia. En la zona más afectada, en especial en la isla de Sulawesi, los socorristas luchan contra el tiempo en búsqueda de sobrevivientes.

La cifra fue confirmada por fuentes oficiales a más de 36 horas de la catástrofe mientras se teme que aún haya muchas personas atrapadas bajo el lodo y los escombros, y los equipos de rescate intentan llegar a todas las localidades de la costa.

Casi todas las víctimas verificadas fueron encontradas en Palu, la capital provincial en la punta de la bahía más afectada por el tsunami. Pero fuentes del Ejército local pudieron abrirse paso solamente en áreas limitadas hacia el norte y las noticias que llegaron desde la ciudad de Donggala, de 300 mil habitantes, a sólo 27 kilómetros del epicentro, siguen siendo parciales.

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Las dimensiones de la tragedia llevaron también al Papa Francisco hoy a guiar a los fieles durante el Angelus en el Vaticano a una plegaria por Indonesia: «Dios consuele a la población castigada y apoye los esfuerzos de aquellos que trabajan para llevar ayudas», dijo.

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Muchas de las víctimas fueron sorprendidas en la playa porque se iba a realizar un festival. Al parecer la causa de ello fue que el sistema de alerta de tsunami no funcionó adecuadamente. «No hubo ninguna sirena. Las personas no eran conscientes del peligro», dijeron las autoridades.